Gabriela Guerra Rey
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Portada de Bahía de Sal
Editorial
Editorial Aquitania Siglo XXI
Idioma
Español
Páginas
221
ISBN
B0H4S7VPP6

Novela · 2022

Bahía de Sal

Novela

Gabriela Guerra Rey

Bahía de Sal es un pueblo levantado entre manglares, polvo, tormentas y aguas contaminadas; un territorio aislado donde la pobreza, las supersticiones, los rituales afrocubanos y una solidaridad tan entrañable como desesperada marcan la vida cotidiana. Allí crece María de la Sal, una niña que contempla el mundo a través de las historias de su familia y de una comunidad convencida de tenerlo todo, hasta que descubre que al otro lado de la bahía existe una ciudad y, más allá del mar, la posibilidad de otro destino. Con la llegada del progreso, los ferrocarriles, los molinos y una devastadora crisis económica, la aparente estabilidad del pueblo comienza a desmoronarse. El hambre, los apagones, los accidentes y la emigración cubana transforman la infancia de María en un aprendizaje prematuro sobre la muerte, el amor, la pérdida y el desarraigo. Mientras vecinos, amigos y familiares parten en embarcaciones improvisadas hacia un paraíso prometido, Bahía de Sal se convierte lentamente en un pueblo fantasma habitado por quienes no pudieron o no quisieron marcharse. Los libros y la educación ofrecen a María una ruta distinta para escapar. Sin embargo, abandonar el terruño significa también cargar para siempre con sus muertos, sus dioses, sus aguas y la culpa de quienes sobreviven lejos de casa. Ganadora del Premio Juan Rulfo a primera novela, Bahía de Sal, de Gabriela Guerra Rey, combina realismo poético, memoria familiar y crítica social para construir un pueblo de tintes míticos. Primera entrega de la Trilogía del Agua, esta novela sobre migración, exilio e identidad explora la herida de dejar atrás la tierra natal y la imposibilidad de arrancarla de la memoria.

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Si teníamos todo…

¿Para qué íbamos a querer salir si allí teníamos todo?: fiestas, ceremonias, sectas, sociedades secretas, altares, y hasta una virgen cuya iglesia estaba deshecha, pero era la segunda más importante del país, y eso nos inflamaba el orgullo.

Amparábamos una refinería de petróleo, una fábrica de zapatos, los molinos de trigo y harina, y las desgracias que esos progresos trajeron. Alguna vez hubo una termoeléctrica, ya en desuso, pero era cuestión de echarla a andar para revivir dramas ambientales y humanos. Allí habíamos vivido todo, y los padres nuestros, y los abuelos… Incluso cuando mi tatarabuelo llegó, ya Bahía de Sal, como se le conocía, era un pueblo con todo el rigor de la ley, o algún rigor, porque entre sus terraplenes asfixiantes conoció a Francisca, y se casaron, y se quedó a vivir y todo lo demás, prole incluida, y para siempre.

Nos regíamos por un calendario nada estricto, que iba de santo en santo y de fiesta en fiesta. Los domingos mataperreábamos, que era como decir callejear, y robábamos mangos en las fincas aledañas a la barriada. Había escuelas donde nos enseñaban sobre la Revolución Socialista de Octubre y las hazañas de Mao (que era un ser mitológico, con alas de dragón), al menos hasta que llegó el fin de la Guerra Fría. No entendíamos de qué se trataba ni una cosa ni las otras. Sin embargo, nos daban libros con figuras sugestivas y patrióticas que nos hinchaban de emoción. Era común que el sentimiento de uno fuera el de todos, o nos lo trasmitíamos de a poco, casi obligándolo. Luego empezó la clase de historia, en el cuarto grado, y el maestro Eduardo recitaba el Presidio Político, de nuestro poeta nacional, y las hazañas de los héroes de punta a cabo. Entonces queríamos que estallara una guerra de verdad para salir como los insurrectos mambises a defender la libertad y la soberanía. Pero eso nunca llegó: ni las guerras para las que nos preparamos, ni con las que soñamos.

El fin de año era la única época que engendraba ciertos peligros. A los chicos nos encerraban en las casas. Solo podíamos jugar en las mañanas a la vista de los viejos. Decían que los paleros, seguidores de las Reglas del Congo y émulos de los bantúes que llegaron encadenados hace siglos desde la distante África Central, buscaban a los pequeños para el sacrificio de la Nochebuena. Jamás conocí a un niño que se hubiera perdido por esas fechas, pero por si las moscas… Nos daban miedo los presagios de viejos, y teníamos una imaginación tan fértil que empezábamos a conjurar ritos macabros, donde los muchachos terminábamos colgados de cabeza y la sangre goteaba hasta llenar las cuencas de las deidades orishas que reclamaban vidas, como nos contó alguien cierta vez.

En las vacaciones íbamos al embarcadero a bañarnos en los arrecifes que llamábamos diente-perro. Es cierto que estaba sucio, y mis viejos nunca se atrevieron a comerse los pececitos que con tanto entusiasmo llevábamos a casa mi hermano y yo. Se los dábamos al gato. Era fácil, en definitiva, reemplazar un gato por otro. Tuvimos una docena en aquellos años. «Un niño por otro es más complejo», decía la abuela, y volvía con aquel cuento de la cigüeña que viene desde París… París era un lugar tan lejano e imaginario como la Unión Soviética.

Un día estábamos en el emboque y un señor bajó del muro de los lamentos y las largas contemplaciones. Éramos una pandilla grande, más de diez muchachos. Hablamos un rato con él, porque nos dio pena de tan solo que estaba, y ese sentimiento fue compartido. De pronto dijo, enfilando un dedo hacia la lanchita que abandonaba el embarcadero:
—¿Ya fueron al otro lado?
—¿Qué? —preguntamos pasmados.
—¿Al otro lado de Bahía de Sal?
—¿A qué? —contestó Samuel, cuyos padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos también habían crecido en Bahía…

Aquel día fue definitivo. Nunca se nos había ocurrido. Ese hombre puso Bahía de Sal en el mapa, y nos regaló un norte. Resulta que allá donde el sol se ponía no era tan lejos como creíamos: a solo unos minutos de navegación se erguía la gran ciudad capital.
Los muchachos, y sospecho que también padres y abuelos, nos habíamos sentido siempre perdidos en ninguna parte, en un pueblo de sol y sombras que solo importaba a sus habitantes y a algunas empresas ansiosas por explotar el puerto pesquero y comercial que, en los años de crisis, en vez de levantarse, se hundía.

Quienes llegaban por aquel entonces a Bahía de Sal lo hacían por la Virgen. Cruzaban la bahía, entraban en la iglesia, hablaban con la señora o escuchaban misa, aburridísima, y luego se largaban sin naufragios en aquella tierra.

Decían mis padres que hubo una época en la que los foráneos venían a caminar por el Parque de la Madre, a pasear a sus perros, a subir a la colina Lenin, donde había una cabeza gigante del líder socialista empotrada en la piedra. Yo no les creía, porque al final es muy difícil creer lo que te dicen otros si tú no lo has visto, ni aunque fueran los viejos. Eso mismo nos ocurrió con el señor del embarcadero: un anciano canoso, de pelo lacio y ralo, con los pantalones rotos y los zapatos gastados. Él fue quien avistó tierra al otro lado del agua. Hasta el día de su encuentro, más allá de la bahía solo inventábamos otro pueblo rojo y blanco y costero como el nuestro. La lancha iba de un lado a otro, casi siempre vacía, sin piloto quizás, movida por la inercia de las escasas olas. Al anciano no volvimos a verlo, ni para agradecerle.

¿Para qué íbamos a querer salir, si allí teníamos todo?

Esa tarde llegamos al barrio con la intriga. Le contamos el cuento a los hermanos mayores, en espera de respuestas. Cuando había algo que la pandilla no podía resolver, los grandes, que eran una especie de clan, se encargaban del asunto. Y resulta que la mayoría tampoco había cruzado, y los que lo habían hecho era para recoger un mandado o entregar algo, y como mismo llegaban, regresaban. Existía una barrera invisible después de los reflejos húmedos para los habitantes de Bahía de Sal; estábamos varados en el tiempo y la eternidad del polvo, de los aguaceros, de los atardeceres tórridos, las brujerías y rituales que cada año marcaban las liturgias. Para otro lado sí habíamos cogido, porque las niñas de Quemí del Río eran más hermosas que las nuestras, o eso decían. Y los residentes de Quemí venían a Bahía, porque estaban convencidos de lo contrario. Sin embargo, surcar la bahía jamás nos pasó por la cabeza. Desde que Moisés atravesó las aguas, a nadie se le ocurrió semejante locura. Y en la lección de teología, el padrecito nos enseñaba la Biblia tratando de que no tomáramos al pie de la letra lo que decía. «¡Quién sabe qué puede ocurrírseles luego!». Y tenía razón.

A escondidas organizamos una comitiva. Averiguamos cuánto costaba la lancha que iba de un lado a otro, y un domingo avanzamos como si fuéramos para las fincas y los ferrocarriles, y nos fuimos al embarcadero. El cobrador nos miró extrañado. Para variar, éramos una turba, y él nunca nos había visto cruzar.
—–¿Qué se les perdió del otro lado?
Mi primo, que tenía casi veinte años, respondió con una sonrisa incrédula:
—Parece que la vida.

Esa mañana, ese día completo, habría de perdurar en los osados viajeros y las generaciones venideras. Pasarían muchos años antes de que pudiéramos entender por qué los viejos no nos habían llevado a conocer la gran ciudad, a solo unos minutos de nuestras narices.

¿Que cómo lo supieron ellos? No aguantamos, y el lunes, en la composición de la clase de español, escribimos sobre la ciudad de edificios (¡qué palabra singular!) y avenidas (todas como la del puerto) grandes y llenas de autos. Ojos encandilados movían manos vehementes. Si hubiéramos juntado todos los relatos en uno solo, la gran ciudad tendría hoy la mejor de sus crónicas guajiras.

La maestra terminó por reunir a los padres, por si no estaban al tanto, enterarlos del asunto. Hubo regaños, molestias, largas conversaciones; en algunos casos, castigos, pero hay hechos irrevocables. Eso también lo aprendimos en la clase de historia.
Los paseos a los bulevares de la capital, las visitas a los museos, las excursiones a tomar helado en la calle de los Oficios y la calle de las Huérfanas quedaron inaugurados desde aquella jornada intrépida en que los muchachos nos atrevimos a conquistar el mundo. Creo que alguna vez la Virgen de Sal fue a hacer su entrada triunfal en la antigua Iglesia de las Mercedes, al otro lado del agua.

Aunque algunos, como mi hermano y yo, recibimos una larga condena por nuestro peregrinaje, aquella incursión cambió el destino de Bahía de Sal y el nuestro.

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